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   Hipergracia: ¿Qué tan bíblica es?



La Hipergracia, a veces llamada el movimiento de la gracia moderna o gracia radical, enfatiza fuertemente la obra terminada de Jesucristo, la gracia y las Epístolas, mientras que al mismo tiempo minimizan el Antiguo Testamento y los Evangelios. Sus seguidores afirman que están restaurando el verdadero evangelio de la gracia. Entre sus maestros se encuentran Paul Ellis, Andrew Farley, Bob George, Joseph Prince, Andrew Wommack, Ryan Rufus, Ken Legg y Peter Wilson. A menudo etiquetan las posturas evangélicas tradicionales como gracia mixta (gracia y ley) sin distinguir entre las posiciones arminianas, la gracia gratuita y el calvinismo. Porque la Hipergracia carece de una teología sistemática y sus puntos de vista varían entre los maestros, lo siguiente es un resumen de sus enseñanzas típicas comparándolas con las Escrituras.

La obra terminada de Jesucristo en la cruz para la salvación. Los maestros de la Hipergracia afirman correctamente la salvación por la gracia sola mediante la fe y rechazan la salvación por señorío. Enseñan que todos los pecados —pasados, presentes y futuros— fueron perdonados en la cruz, pero niegan el universalismo. Si bien la Biblia enseña que el perdón de todos los pecados fue provisto en la cruz (vea Apuntes de Gracia no. 33, "El Alcance del Perdón de Dios") , la Hipergracia no distingue entre el perdón posicional (establecer una relación con Dios) y el perdón familiar (comunión continua con Dios). Su mensaje es: “Ya estás perdonado; sólo créelo”, lo que confunde el resultado de la salvación (el perdón) con el medio de la salvación (la fe en Cristo).

Rechazo a la santificación progresiva. La Hipergracia confunde la justificación y la santificación, afirmando que una vez justificados, los creyentes están completamente santificados. Niegan la necesidad de crecimiento, diciendo que la santidad es fácil cuando los cristianos descansan en su identidad y se centran en Cristo. Los llamados a la santidad y al discipulado se tachan de legalistas. Desafortunadamente, la Hipergracia rechaza la distinción bíblica entre la santificación posicional (1 Cor. 6:11; Heb. 10:10) y la santificación progresiva (Col. 1:28; 2 Ped. 3:18; Heb. 10:14). Sin embargo, incluso las Epístolas ordenan a los creyentes que intencionalmente busquen la santificación (Rom. 6:19; 2 Cor. 7:1; 1 Tes. 4:3; 2; Heb. 12:14; 1 Ped. 1:14-15; 2 Ped. 3:18; vea también Apuntes de Gracia no. 50 – "Santificación ¿De Quién Es la Obra?").

No hay necesidad de que los creyentes confiesen sus pecados. Ya que los maestros de la Hipergracia consideran a los creyentes perfectos en Cristo, Dios nunca se desagrada con su pecado porque todos los pecados están perdonados. Los creyentes nunca pierden la comunión con Dios. No pueden pecar contra Dios, pero pueden hacer cosas perjudiciales para sí mismos y para los demás. Muchos niegan que el creyente tenga una naturaleza pecaminosa; no son ellos quienes pecan, sino el pecado que mora en ellos. Afirman que 1 Juan 1:9 se dirige a los incrédulos; por lo tanto, la confesión no es para los cristianos; que niega la obra terminada de Cristo, haciendo de la confesión un pecado. Una mejor interpretación de 1 Juan es que fue escrito a los creyentes sobre como disfrutar de la comunión con Dios y de los apóstoles (vea Apuntes de Gracia no. 37 - "Interpretando 1 Juan"). Los cristianos que pecan lo hacen en contra de Dios (Salmos 51:4) y pueden perder el gozo, dañar su testimonio y experimentar la amorosa disciplina de Dios (1 Cor. 11:27-32; Heb.10: 26-31; 12:5-11; Apo. 3:19). La confesión restaura la comunión con Dios perdida a causa del pecado (vea Apuntes de Gracia no. 58 - "Los Creyentes Necesitan Confesar sus Pecados para ser Perdonados").

Ignora la lucha del creyente con la carne. Según la Hipergracia, los esfuerzos hacia la obediencia o la santidad son “esfuerzos en la carne”. Interpretan Romanos 7:14-25 como la lucha de Pablo contra el pecado antes de la salvación. Esto ignora la lucha del creyente contra el mundo, la carne y el diablo (1 Jn. 2:17; Stgo. 1:14-15; 4:1; 1 Ped. 1:22).

Creen que el Espíritu Santo no se entristece por el pecado del creyente, sino por la falta de identificación plena con Cristo. La Hipergracia define el arrepentimiento como un cambio de mentalidad que abraza la verdad sobre la gracia de Dios; no es acerca del pecado. Pero la Escritura muestra que los creyentes pueden ser carnales (1 Cor. 3:1-5) y que el arrepentimiento implica un cambio de mentalidad que debe conducir a un cambio de comportamiento (2 Tim. 2:24-25; Apo. 2-3).

Rechazan las exhortaciones morales del Nuevo Testamento. La Hipergracia enseña que los intentos de obedecer los mandamientos Bíblicos son legalismo. Ellos sólo fomentan el descanso en Jesús y la confianza en Él. Pero esta enseñanza ignora la conexión entre la obediencia y el amor a Dios (Jn. 14:15, 21). Aunque los creyentes de hoy no están bajo la ley mosaica, la Hipergracia descarta con demasiada facilidad la moralidad del Antiguo Testamento y el Sermón del Monte. Malinterpretan el legalismo, que no es obediencia, sino una actitud de seguir reglas para aparentar espiritualidad, una actitud de orgullo. El amor y la gracia de Dios motivan y capacitan para la obediencia; no la eliminan (Efe. 2:8-10; Tit. 2:11-12; 1 Jn. 3:21-24; 5:2-3). Toda la Escritura sigue siendo útil para los creyentes de hoy (2 Tim. 3:16; vea también Rom. 15:4; 1 Cor. 10:6-12; Efe. 6:1-3).

Desestiman la rendición de cuentas ante el Tribunal de Cristo. La Hipergracia afirma que Dios nunca se enoja con los creyentes ni los disciplina. Muchos descartan por completo el Tribunal de Cristo; otros dicen que es una celebración de la obra de Cristo, y que no se trata de una evaluación de los creyentes. Rechazan cualquier juicio o evaluación de los cristianos, porque argumentan que los creyentes son tan justos como Jesús, y que enseñar acerca de una evaluación futura promueve una religión basada en el miedo. Afirman que tal motivación es legalista, ya que los creyentes solo deberían estar motivados por el amor de Dios y su identidad en Cristo. Sin embargo, las Escrituras indican que los creyentes serán evaluados en el Tribunal de Cristo para recibir recompensas o perderlas (1 Cor. 3:11-15; 9:27; 2 Cor. 5:9-11).

Ignoran la importancia de la Ley mosaica. Según la Hipergracia, el Antiguo Pacto de la Ley continuó hasta la muerte de Cristo, lo que inauguró el Nuevo Pacto (Mat. 26:27-28; Heb. 9:16-17). Aunque esto es cierto, creen que el verdadero evangelio de la gracia no aparece hasta las epístolas de Pablo, y que las enseñanzas de Jesús, al estar bajo la Ley, tienen poca o ninguna relevancia para los cristianos de hoy. No reconocen que la Ley mosaica era un código moral que caracterizaba la justicia de Dios, y que puede servir de guía para la moral cristiana. Aunque los creyentes de hoy experimentan en cierto grado las bendiciones espirituales del Nuevo Pacto, las Escrituras muestran que el cumplimiento final espera la restauración completa de Israel en el futuro (Jer. 31:31-37; Eze. 36:16-38).

Conclusión

La perspectiva de la Hipergracia resulta atractiva para algunos porque destaca la gracia de Dios y la identidad del creyente en Cristo, y por ello, muchos se han beneficiado de ella. Sin embargo, en su reacción contra la religión basada en las obras, la Hipergracia a menudo interpreta las Escrituras equivocadamente. Enfatiza demasiado la gracia de maneras que descuidan verdades valiosas como la santidad, la comunión con Dios y la responsabilidad ante el Tribunal de Cristo. Cualquier énfasis en la gracia de Dios debe estar equilibrado con la verdad de Dios. A los creyentes se les ordena buscar la santificación (Rom 12:1–2; Tit. 2:11–14) y caminar por gracia mediante la fe, lo que produce el fruto del Espíritu (Gál. 5:16-25). Al eliminar las expectativas de Dios en cuanto a la santidad y el discipulado, la perspectiva de la Hipergracia fomenta una complacencia que puede ser perjudicial para el creyente. La gracia de Dios es verdaderamente asombrosa cuando se combina con interpretaciones adecuadas de la Palabra de Dios.


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